LECTIO DIVINA,
2º. Domingo de Adviento. Ciclo C, Lc 3, 1-6
Juan José Bartolomé, sdb
El evangelio nos presenta la figura del Bautista, su misión y su mensaje. Lo hace con todo lujo de detalles, encuadrando su actividad en un período bien definido de la historia. El Precursor de Jesús es un personaje real, se habla de sus contemporáneos, y de sus palabras, que hoy resuenan invitándonos a la conversión.

Dios se tomó muy en serio su venida a nuestro mundo; se hizo como nosotros, su nacimiento fue anunciado por los profetas. Hablar de la misión del Precursor, y de la esperanza que él sostuvo en el pueblo de Israel, nos impulse a ser también voz que anuncie en nuestros ambientes que la salvación está cada día más cerca. ¡Esperemos a nuestro Salvador.
Seguimiento:
1. En el año quince, del reinado del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, y Herodes virrey de Galilea, y su hermano Felipe virrey de Iturea y Traconítide, y Lisanio virrey de Abilene,
2. bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, vino la palabra de Dios en el desierto sobre Juan, hijo de Zacarías.
3. Recorrió toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de conversión para perdón de los pecados,
4. como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías: «Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos;
5. elévense los valles, desciendan los montes y colinas; que lo torcido se enderece, lo escabroso se iguale.
6. Y todos verán la salvación de Dios».

I. LEER: entender lo que dice el texto fijándose en como lo dice

Este breve texto habla de la misión del Bautista; tiene dos partes bien definidas: su contexto histórico (Lc 3,1-2) y la descripción que hace del Bautista (Lc 3,3-6).

Aunque haya narrado nacimiento e infancia de Jesús (y del Bautista), Lucas inicia, propiamente su evangelio introduciéndolo: “la voz que grita en el desierto”, en la historia.

No es una presentación casual: antes, incluso de hacer ingresar a Jesús en la historia de la humanidad, el narrador sitúa, no al Precursor del Mesías, sino a la Palabra de Dios, en un tiempo y en una geografía bien determinadas.

Una tan prolija fijación de las circunstancias podría engañar; más que a una pretendida exactitud histórica, subraya la decisión tomada por Dios: su Palabra “vino sobre Juan, en el desierto”.

Para que naciera una voz que anunciara al Salvador que debía venir, tuvo que hablar antes de Dios. El Bautista debió su misión, y el mensaje a la Palabra de Dios que le vino en el desierto. La Palabra le convirtió en ‘voz que gritó’ la salvación.

Constituido profeta por la Palabra que lo poseyó, el Bautista pudo fungir como tal, predicando el bautismo y la conversión. Fue el hombre de la Palabra y se comprometió con ella.

Juan se consagró a preparar la llegada de quien estaba por venir. Su mensaje incidió no tanto en el anuncio de la salvación, que estaba muy próxima, sino en la necesidad de preparar su llegada con la conversión.

El citado oráculo de Isaías aclaró la actividad del Bautista, explicando la finalidad de su ‘bautismo de conversión’.

La urgencia de allanar el sendero, no nació del corazón del que necesitaba salvación, sino del que venía en camino.

El Salvador estaba por llegar. Dios encontró quien preparara su llegada. Él quiso necesitar de alguien que anunciara su llegada.

Todos tenemos una misión que cumplir. ¿Me he preguntado cuál es la mía? ¿Miro más allá de mis intereses? ¿Se bajar del pináculo mi ego para pensar qué debo ser y hacer con la vida que Dios me ha dado hasta el día de hoy?

La tarea que Dios nos confía es personal, pero siempre en función de la comunidad. El libro de los Proverbios dice: “Los labios del justo sustentan a muchos...” (10, 21). Nosotros también debemos predicar la palabra de Dios a quienes tenemos cerca. Pueden no escucharnos, pero los que oigan nuestra predicación, sentirán que Dios les está hablando.

Nos quejamos porque la Palabra de Dios cada día importa menos a las personas. En lugar de lamentarnos, seamos como el Bautista; prediquemos con nuestra vida la conversión. ¿Cómo van a oír hablar su nombre si no hay quien se los anuncie? (Cfr. Romanos 10, 14. 15).

II. MEDITAR: aplicar lo que dice el texto a nuestra vida

Lucas es el evangelista que mejor encuadra la figura y la predicación del Bautista. Le dio un alcance universal a su obra. El mundo fue testigo y destinatario de su proclamación: ‘La promesa del perdón de los pecados fue precedida por el llamado a la conversión’. ¿Qué hizo el Juan Bautista para ser definido como «el mayor de los profetas» (Lc 7, 28)? Ante todo, tras la estela de los antiguos profetas de Israel, predicó contra la opresión y la injusticia social.

A los publicanos [recaudadores de impuestos], que tan frecuentemente desangraban a los pobres con requerimientos arbitrarios, les dijo: «No exijan más de lo que está fijado». A los soldados, inclinados a la violencia: «No hagan extorsión a nadie, ni denuncias falsas» (Lc 3, 11-14).

La liturgia de este domingo nos pide prepararnos para la llegada del Señor. Nos dice que los montes se tienen que rebajar, los barrancos, rellenar; y los caminos torcidos se enderecen: Toda injusta diferencia social entre riquísimos (los montes) y paupérrimos (los barrancos) se elimine o al menos se reduzca; los caminos tortuosos de corrupción y engaño no se den entre nosotros. ¿Pensamos lo que esto significa en nuestra vida personal y familiar?

La liberación sigue siendo gratuita; Dios viene no porque nos merezcamos la gracia de su venida, sino porque su amor misericordioso una vez más viene a nuestro encuentro; nos ofrece este Adviento la oportunidad de vivir siendo ‘sus hijos’ en Cristo, su Hijo, muy amado. Él nos pide que seamos voz que grite en el desierto'. No podremos invitar a la conversión si no empezamos nosotros primero a empeñarnos por una sincera conversión personal y familiar.

No hay esperanza sin conversión. No se pueden desear bienes mejores y definitivos sin alejarse del mal: quien vive deseando la llegada del Señor, vive lamentando su ausencia, tratando de hacer lo que Él quiere de sus hijos. ‘Tú voluntad es mi delicia, no olvidaré tus palabras (Salmo 119,65-72).

Los contemporáneos del Bautista le vieron de cerca y oyeron su predicación; él les recordaba que Dios estaba cerca, que tenían que prepararle el camino. Difícilmente encontramos alguien que nos recuerde al Señor y sus exigencias. ¡Qué falta hacen hoy personas que nos inviten a esperar a Dios, que viene en camino! Faltan ‘precursores de Dios’ que nos anuncien su llegada. ¡Cuántas personas ni siquiera se dan cuenta que se han alejado de Él! Necesitamos de quienes recuerde que Dios viene para quienes le esperan y que cuantos le esperan, tienen la obligación de prepararle el camino. ¿Estamos dispuestos a ser uno de ellos?

¡Qué afortunados fueron los que pudieron oír la voz del Precursor de Dios! Dios quiere que sus hijos sean capaces de ser su voz; Él está empeñado en acercarse a la humanidad, pero necesita precursores.

Quiere que todos los que nos decimos sus hijos hablemos en su nombre; que ayudemos a nuestra familia, a nuestra comunidad lo que importa tomar en serio la ausencia de Dios entre nosotros; este es nuestro desierto. Él no está con nosotros no porque no quiera estarlo, sino porque nos hemos alejado y acostumbrado a ni escuchar su voz.

Cuántos no comprendemos a fondo el Misterio de la Navidad y no nos preparamos para vivirlo; no aceptamos a quien nos invita a convertirnos. No escuchamos a quien nos habla de la venida del Señor; las voces del Precursor siempre han clamado en el desierto. Si no las escuchamos no nos decidimos a hacer camino hacia la conversión.

No nos preparemos para la venida del Señor. Perdemos a Dios sólo porque damos por supuesto que lo tenemos. Escuchemos a quienes nos hablan de Dios, pero solo como un concepto ya sabido. ¿Qué es convertirnos y empeñarnos por hacerla realidad? Si no estamos con Dios no gozamos de su compañía; nuestro mundo no es el cielo; nuestra vida familiar no es el hogar que anhelamos, nuestros corazones no son un remanso de vida y de amor. ¡Decidámonos. Aceptemos que Dios nos hace mucha falta!

Dios se sirve de cualquiera que quiera anunciar su llegada: si la humanidad le echara de menos y le deseara un poco más, escucharía a los precursores que también le envía hoy.

Apreciemos a las personas que nos ayudan a darnos cuenta que no estamos viviendo como Dios quiere que vivamos sus hijos; sean nuestros amigos o tal vez alguien desconocido. Tal vez el Señor se sirve de una enfermedad repentina, de una alegría inesperada o de una tragedia: cualquier situación puede hacernos pensar y movernos a vivir de manera diferente. Estamos demasiado ocupados con nuestros problemas, preocupados también con tantas actividades que no nos damos el tiempo para encontrarlo… Dios quiere que le prepararemos el camino, que anunciemos su llegada

Sólo verán la salvación quienes preparen su camino. Dios viene para estar entre los hombres; la razón que lo hace vivir el encuentro salvífico con la humanidad es el amor y nada más que el amor. Si los hombres enderezan el camino e igualan las sendas, el Señor podrá recorrerlas sin problemas. Él llegará y pronto.

Pensemos a qué tenemos que renunciar para que Jesús venga a nuestra comunidad. No perdamos la oportunidad de encontrarle, escuchemos las voces que anuncian su venida.

Quien vive esperando a Dios, quien escucha a quien anuncia su venida y a su vez se vuelve anunciador. Los precursores de Dios son los creyentes que creen en su venida y se empeñan en anunciarlo donde sea.

Encontremos motivos para trabajar los caminos por los que pueda llegar el Señor. Si lo esperamos, lo encontraremos. Quien le espera y trabaja para que venga, le verá; el siervo que le aguarda, se encontrará con Él, cara a cara.

III. ORAMOS nuestra vida desde este texto:

Dios Bueno, que crezca la esperanza en este mundo, el nuestro, el que nos confías. Que trabajemos como Juan Bautista, para que nuestros hermanos compartan con nosotros la alegría de ver llegar a tu Hijo una vez más en esta Navidad. Haznos valientes para quitar lo que estorba a nuestra la felicidad; que rellenemos los baches que se han hecho por nuestros rencores, por nuestra falta de compasión, de justicias y de amor.

Que nos pongamos con alma, vida y corazón a hablar de tu Hijo, Cristo Jesús, no tanto con las palabras, sino con la vida. Que como Juan, prediquemos y afrontemos todo lo que nos venga, anunciando la Buena Nueva y denunciando el pecado que nos lleva por caminos equivocados a la felicidad que tanto anhelamos. Que nos dispongamos a trabajar para que Jesús sea Jesús, y lo conozcamos, y lo sigamos cada día con más fe.

Queremos convertirnos; que se escuche tu voz en nuestros ambientes, y que haciéndola vida, transformemos nuestro mundo en una casa común, como nos lo está pidiendo el Papa Francisco. Sostenlo en la misión que le confías y a nosotros haznos profetas, aquí y ahora. ¡ASÍ SEA!

 

I DOMINGO  DE ADVIENTO

Lectio Divina - Ciclo ‘C’ 1er. Dom. (Lc 21, 25-28.34-36)
Juan José Bartolomé, sdb

Vamos a comenzar el nuevo año litúrgico, ciclo ‘C’; nos guiará el evangelista San Lucas. Hoy celebramos la primera venida del Señor, anticipo de su definitiva y última venida; vivamos llenos de esperanza porque está cerca nuestra liberación. La Iglesia nos invita a vivir estas cuatro semanas que nos llevarán a adentrarnos en ‘el misterio de la presencia humanizada de Dios entre nosotros’. 

Lectio Divina - Ciclo ‘C’ 1er. Dom. (Lc 21, 25-28.34-36) 

Jesús habla de signos: el sol, la luna y las estrellas, de un tiempo en el que los hombres quedarán sin aliento, en el que se les vendrá el mundo encima y todos estos signos serán manifestación previa de la venida del Hijo del hombre. Él mismo nos advierte: “cuando empiece a suceder todo esto, levanten la cabeza y no tengan temor, porque se acerca su liberación”.Seguimiento:
25. Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas y en la tierra, los pueblos serán presa de la angustia ante el rugido del mar y la violencia de las olas.
26. Los hombres quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad, ante lo que se les viene encima, pues los astros se tambalearán.
27. Entonces verán al Hijo del Hombre venir en una nube, con gran poder y majestad.
28. Cuando comience a suceder esto, tengan ánimo y levanten la cabeza, porque se acerca su liberación.
34. Tengan cuidado de no dejarse aturdir por los excesos, por la embriaguez Y por las vanidades de la vida.
35. No sea que ese día caiga de repente sobre ustedes,
36. Y como la trampa que se cierra; pues vendrá sobre todos los habitantes de la tierra. Estén despiertos y orando en todo tiempo. Así tendrán fuerza para escapar de todo lo que debe suceder, y podrán estar de pie delante del Hijo del Hombre.


I. LEER: entender lo que dice el texto fijándose en cómo lo dice.

El ciclo litúrgico ‘C’ nos familiariza con Lucas, autor de un evangelio diferente al de Mateo, Marcos y Juan, dentro de las semejanzas que tienen, porque hablan de Jesús y de su Evangelio. Lucas 21,25-28 se mueve en el mismo ámbito de realidades que Mc 13,24-27, comentado hace dos domingos. Lucas menciona la angustia y del miedo de gente que corre enloquecida, del estruendo ensordecedor del mar, detalles que tiene el relato de Marcos.
El caos del final de la historia nos remite al de los comienzos (Gen. 1,2), cuando la Palabra de Dios introdujo armonía, belleza y bondad. Al final de las historia volverá a resonar esa misma palabra poderosa, pero entonces será la Palabra Encarnada, Jesús de Nazaret. Y se producirá armonía y bondad; lo que Lucas llama, ‘liberación’ (v 28).
La humanidad dejará de caminar bajo el yugo de sus injusticias, esclavitudes y angustias. Llegará la nueva creación. Hablando con propiedad, no será un final, sino la manifestación sin velos del por qué de la existencia. La esperanza liberadora no es pasiva, sino por el contrario, activa, de vigilancia y de preparación. Este es el punto que desarrolla Lucas en los vs. 34-36 y que constituye la novedad de este evangelio, que abre el ciclo ‘C’.
La esperanza final debe nutrirse de una actitud activa; de ahí la necesidad de evitar todo lo que nos impida tomar consciencia. Serpa preciso levantar la mirada y tener los brazos ágiles; lejos de un encerramiento en nuestra propia problemática, de un constante tropezar por no ver lo que sucede.
El texto se sitúa dentro del templo. Jesús estaba enseñando en la gran ciudad de Jerusalén. Lc 21,5-24 versa sobre la relatividad de la historia judía y ya el versículo 25 nos deja ver qué pasa entre los no judíos. Las expresión ‘gentil’, ‘gente’, designan a toda persona no judía. Se distinguen dos partes. La primera es expositiva.

A la observación hecha por algunos sobre la belleza de este templo, Jesús contrapone el futuro de destrucción que le amenaza. Esta destrucción, sin embargo, no debe confundirse con la implantación definitiva y feliz del Reino de Dios, la cual estará precedida por un tiempo de protagonismo religioso no judío. En este punto entronca el texto de hoy; los dos primeros versículos describen un gigantesco cataclismo cósmico y el consiguiente pavor de la humanidad.
El cataclismo es calificado como temblor de las potencias celestiales. Sigue a continuación la descripción grandiosa, pero escueta, de la llegada del Hijo del Hombre, que pondrá fin a las dificultades y sufrimientos de los cristianos comprometidos:‘Se acerca su liberación’. La descripción de la llegada del Hijo del Hombre está tomada también de un libro apocalíptico, el libro de Daniel. Por último, el texto se hace interpelativo: “tengan cuidado, estén siempre despiertos”.
La traducción litúrgica añade una tercera interpelación: “manténganse en pie”. El texto original dice: "Estén siempre despiertos, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir y poder así mantenerse en pie ante el Hijo del Hombre". Lo que está por venir no se refiere al cataclismo cósmico, sino al futuro de dificultad y de sufrimiento que le espera al cristiano comprometido.

Las dos interpelaciones van dirigidas a los cristianos y quieren ser una invitación a vivir con la atención puesta en el Reino de Dios por llegar y a no desfallecer a causa de las dificultades.  Ese estar en pie, ese estar vigilantes y despiertos es el mensaje fundamental de este tiempo de adviento. ¿Y cómo podemos vivir este tiempo de espera, de adviento? La segunda lectura, de la primera carta del apóstol Pablo a los tesalonicenses nos responde. El apóstol de los gentiles dice que procedamos, que actuemos conforme a lo que hemos aprendido de él; que sigamos las instrucciones que nos ha dado en el nombre del Señor Jesús.
La más importante está en las primeras líneas del fragmento de esta carta: “Que el Señor nos colme y nos haga rebosar de amor mutuo y de amor con todos”. El amor es la ley máxima, nuestro máximo mandamiento, amar a Dios con todo el ser, con toda el alma, con todo el espíritu, y al prójimo. No hay más instrucciones, no hay otros caminos, sólo el amor a Dios y a los hermanos.


II. MEDITAR: aplicar lo que dice el texto a nuestra vida.

La liturgia pone el acento en la venida escatológica de Cristo en este primer domingo del Adviento, Ciclo ‘C’. Es el cumplimiento de la promesa "hecha a la casa de Israel": primera lectura. Aquel día llegará el "reino eterno", (oración colecta); se acabará “la vida mortal” y llegarán “los bienes eternos".
En el tiempo de Jesús (año 33), de frente a los desastres, guerras y persecuciones, mucha gente decía: “¡El fin del mundo está cerca!” La comunidad del tiempo de Lucas (año 85) pensaba lo mismo. Además, como se destruyó el templo de Jerusalén (año 70) y los cristianos fueron perseguidos, casi por cuarenta años, había quien decía: “¡Dios nos ha dejado solos! ¡Estamos perdidos!”


La liturgia hoy nos dice: "vigilen, prepárense para el encuentro con el Señor”. Esas actitudes tenemos que vivirlas a nivel personal y comunitario. ¿Lo pensamos? ¿Qué manifiesta que de verdad esperamos la llegada de nuestro Salvador y Señor? ¿Nos interesa que los nuestros también lo reciban?
Jesús "volverá acompañado de todos sus santos" (segunda lectura). Ésta es la ruta del Señor, sus caminos, por los que Él mismo encamina a la humanidad. Esto implica la confianza y la esperanza que el Pueblo de Dios alimenta: "A ti, Señor, levanto mi alma: Dios mío, en ti confío, no quede yo defraudado”. Los que esperan en ti no quedan defraudados" (salmo 24,1-3).

"Adviento

es un tiempo de esperanza y de alegría,

de preparación y de esfuerzo vigilante".

Nuestra sociedad se cuestiona; el hombre hoy parece no buscar a Dios. Su venida no es un tema que lo preocupe. El teólogo alemán Kasper habla del proceso de descristianización en Europa. El italiano Colombo señala, como síntomas alarmantes, la poca fidelidad al magisterio del Papa y al de los Obispos y el desapego a la moral católica. Para el austriaco Schödorn, el fondo de la cuestión se reduce a saber si existe hoy la fe personal en Jesús, y la pregunta que la Iglesia tendría que hacerse, es la que Cristo Jesús le hizo a Pedro: ¿Me amas?


Los que estamos en el trabajo pastoral vemos qué poco importa a muchas personas, especialmente a los jóvenes prepararse para recibir al Señor. Jesús nos pide vigilar y estar atentos a los signos de los tiempos. Tenemos que darnos cuenta qué pasa. Existen signos positivos que nos hablan del interés y preparación del pequeño resto.
Él no se merece nuestras sobras sino lo que somos y tenemos. Confiar en Él, entregarlo lo que tenemos, supone dejarle nuestra vida en sus manos, seguros de que Él verá por nosotros. ¿Qué estamos dispuestos a darle? ¿Cómo preparamos su venida?  En tiempo de Jesús el horizonte era poco claro. El pueblo esperaba la venida de Dios, pero ni el pueblo ni sus líderes se estaban preparando. Era un tiempo apocalíptico: se habla del desplomarse de los cielos y de la angustia y el miedo del corazón del hombre. Este era un lenguaje común, pero no los movía a un cambio de vida. Se prefiguraba el fin de un lugar sagrado, de una nación, del hombre y de los tiempos.


La llamada de atención es para todos: Esta es una realidad histórica y existencial. La venida de Dios en aquel momento histórico se dio con la presencia de Jesús; si bien fue rechazado por la religión oficial que lo llevó a la muerte. Sorprendentemente estos son los caminos de Dios o la dialéctica de la fe; ahora está más cerca que nunca la venida de la salvación.  ¿Qué responderíamos a los que dicen que el fin del mundo está cerca? Si creemos que Dios va a regresar a nuestro mundo, aunque el horizonte no esté muy despejado, seremos hombres y mujeres que se preparan para esa 2ª. Venida de nuestro Salvador. La llamada de atención es también para nosotros. ¡Ojalá sepamos leer los signos de los tiempos y estemos despiertos, vigilantes, cuidando que ni el vino ni los agobios de esa vida emboten nuestra mente!  Para Dios nadie pasa desapercibido y Él tiene en cuenta lo que hacemos, por insignificantes que sean nuestras acciones; valora todo por lo que deseamos, aunque por algún motivo no lleguemos a realizarlo. Estemos seguros de que toma en cuenta todo, porque nos ama y nos conoce mejor que nadie en esta vida. ¿Por qué al principio del Adviento la Iglesia nos confronta con el fin del mundo? ¿Qué me ocupa y qué me preocupa?


III: ORAMOS la Palabra del Señor desde la vida.

Dios Bueno,
para Ti no pasamos desapercibidos,
nadie ni los porqués de lo que hacemos,
por insignificantes que parezcan nuestras acciones.
Que vivamos con esa confianza,
esperando la salvación que nos has prometido,
en Cristo, con Cristo y por Cristo.
Que su venida nos haga esperar su regreso definitivo,
sabiendo que vuelve para llevar a feliz término
la obra que le has encomendado.
Lo definitivo ya ha comenzado,
en el aquí y en el ahora de nuestra existencia.
¡Gracias! ¡Amén! Así sea!

 

 

 

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